La bestia de hierro y acero

3Eran aquellos tiempos de dragones, príncipes y princesas; cuando todos usábamos el mismo disfraz de la inocencia. Yo tenía tan solo seis abriles bajo mi ropa y junto a mis amigos, queríamos controlar todo el universo. Ojalá nos hubiesen dejado hacerlo en aquel entonces, tal vez hoy las cosas serían muy diferentes. Nadie podía discutir con nosotros; nadie puede discutir con unos niños que no sienten temor por nada ni son tímidos. Nuestro mundo era tan solo eso, colores, juegos y mucho, pero mucho desorden.

-¡En sus marcas! ¡Listos! ¡Fuera!- Este era yo, el jefe. Mientras más pequeño, más mandaba. Pero siempre tenía el cariño de mis compinches. Corríamos como bestias sueltas por las calles, no existían los autos ni el peligro. Sencillamente el peligro éramos nosotros, cinco bándalos con rostros de sol, buenos y muy niños; más niños que buenos.

Era el día de jugar a las aventuras. Los chicos del grupo, Eduardo, Mizael y yo, volábamos sobre nuestros dragones de fuego, mientras que las hembras galopaban en sus hermosos y aburridos corceles de damiselas. A los adultos, de ignorantes como de costumbre, les era imposible contemplar nuestra mágica realidad. Ellos habían perdido ya, ese polvo de brillos que se desprendía de la mente. Creábamos y creíamos todo. En la travesía era imposible determinar al más veloz. No había meta ni algún otro final; solo pensábamos en correr, volar, cabalgar. Desafiábamos la avenida, la luz se nos quedaba por detrás. Mizael se acercaba a la esquina de la acera con su dragón escarlata de dos cabezas; como él lo describía. Yo estaba justo al frente de mi amigo cuando todo sucedió. ¡Qué estruendo más grande aquel que me arrancó de mi mundo de colores! Aún no podía comprender nada ¿A qué estaba jugando Mizael ahora?- Pensé mientras en un alboroto de personas que gritaban, mi madre me tomaba fuertemente de la mano. ¿Se quedó dormido en la carrera mi amigo? –Pensé otra vez- ¿Será que su dragón lo mordió? Contemplaba yo la sangre en su pequeña cabecita y justo a su lado, sin ninguna piedad, la enorme bestia de hierro y acero; esa que los adultos sí podían ver.

Me dijo mi madre que Mizael se había ido muy lejos, a vivir como príncipe en el cielo.

Yo no lo pude ver nunca más. Tampoco quise jugar como antes. Creo que fue en ese momento que rasgué mi traje de inocente. Ahora éramos solo cuatro y uno fantasma. Nosotros, con deseos de sentirlo y hablarle.

Ha caído tanta lluvia sobre mis manos desde aquella época; más hoy no dejo de pedir en susurros el mismo deseo mirando al cielo, donde vive mi camarada infante.

-Mizael, te volviste eterno. Ojalá de niños, hubiésemos podido controlar todo el universo. Hoy las cosas serían muy diferentes, hoy las cosas serían como antes.

  Escrito por Carlos Johann González

3 Comentarios

  1. Qué hermosa historia esta. Creo que todos hemos pasado por momentos muy difíciles donde perdemos a alguien importante en nuestras vidas, eso se ve reflejado en la historia. Creo que el Periodismo actual necesita de estos relatos que influyan en los sentimientos de las personas.

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