Cristina

Yo recuerdo que ese día no se veía a nadie en la calle, ¡y mire que por esta calle pasan personas!, pero aquella tarde de martes todo fue tranquilidad hasta la hora en que salieron los muchachos de la escuela a eso de las cuatro y media. Luego fue que me enteré de lo que había pasado, la policía vino rápido, en fin, la última vez que la vi se la llevaban metida en un nylon negro. Brother aquello fue triste.

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A Cristina la conocí desde que me mudé para este reparto en el año ´89; fue la que me recibió, pues cuando el camión con la mudanza llegó no sabíamos dónde era la casa y ella nos guió. Desde ahí hasta acá fue mi confidente, mi mejor amiga; Pedrito, mi hijo, se crió junto a los hijos de ella; Alfredo, el mayor y Jose, el más chiquito, pues a Sara, que es la del medio, no la veíamos mucho, en aquel entonces era muy de su casa. Ella era muy buena madre, tú la veías siempre preocupada con las cosas de los muchachos: la tarea, el uniforme, el almuerzo, porque no anduvieran por ahí sucios, en fin… que a ella no había quien le hiciera un cuento de sus hijos.

Nos llevábamos como hermanas, cuando me hacía falta un poquito de azúcar, arroz o alguna coladita de café, yo no dudaba en ir para su casa y nunca me dijo que no a nada; esta situación me ha afectado cantidad; discúlpeme periodista, pero es que cada vez que recuerdo lo que le sucedió no puedo dejar de llorar.

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Si le soy sincero, periodista, yo vivía loco por ella, cuando éramos muy jóvenes tuvimos una relación, claro, no fue muy larga; tenía en contra a Alberto, su padre; era un tipo de un carácter fuerte y la tenía muy controlada.

Todavía no se cómo permitió que se casara; yo siempre pensé que se iba a quedar de solterona.

Esa mujer me gustaba; una mulata, alta, con tremendo cuerpo de criollita, y lo mejor es que era sana, una gente noble, enchapada a la antigua. Hasta que se casó con Juan; ¡y qué Juan! Ese tipo no servía; lo mismo se veía tomado ron en la esquina con la gente del domino, que pegado a la barra en la cafetería de Eduardito echándose tres cervezas. ¡Ese hombre no era para ella!

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Verdaderamente ese hombre no sirve, antes lo pensaba y ahora lo afirmo; nunca me atreví a decírselo a ella porque como dice el refrán: “entre marido y mujer nadie se puede meter”, pero si le advertí que se dejara de él. Un hombre machista y que cuando llegaba borracho la golpeaba. A veces, cuando iba a pedirle un poquito de arroz -como le dije ahorita-, la veía llena de moretones; la pobre, mira que aguantar todos esos maltratos y lo peor es que lo hacía por no dejar a sus hijos sin padre.

Ah, verdad, ¿me preguntó por lo que pasó ese día?

Bueno, ese martes recuerdo que la vi al mediodía, pasé por su casa porque venía de la bodega -si, de comprar el arroz- y la vi en el portal, estaba trillando los frijoles para montar un congrí para la comida de la noche. La vi de lo más animada, aunque me dijo que presentía que iba a suceder algo malo; no me supo explicar qué era, en algún momento pensé que se trataba de algún problema con sus hijos. Fue esa la última vez que la vi.

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¿Qué Cristina? ¿la que vivía aquí al lado? Ah sí, me acuerdo cuando el marido la mató; eran las tres y pico cuando escuché un ruido enorme, estaban discutiendo pero si me pregunta ahora por qué era… no pude oír nada, solo sé que él estaba borracho, cuando él llegaba así, siempre la cogía con la mujer, le metía con lo que se encontrara. Hubo un momento en que escuché un grito fuerte, era ella, luego se apagó su voz, creo que él le dio algún golpetazo duro.

Al cabo de un tiempo, quizás cinco o diez minutos noté que algo se quemaba en esa casa; ¡qué va, mire como me erizo!

Al rato, llegó un carro de la policía, parece que uno de los chismosos del barrio los llamó y cuando lograron entrar en la casa solo vieron a Juan metido en el baño, Cristina ya había muerto.

Cuando sacaron el cuerpo, en aquella bolsa negra, Juan estaba montado en la patrulla, nunca se me va a olvidar esa imagen, estaba llorando.

Escrito por Yunier Sarmientos